El dolmen de La Majadilla, identificado probablemente con el denominado Chanquero II en la Carta Arqueológica de Extremadura, forma parte del amplio conjunto megalítico que se distribuye en torno a la necrópolis del Matón, uno de los espacios funerarios prehistóricos más destacados del término municipal de Hernán-Pérez. El monumento se sitúa a una altitud aproximada de 425 m s. n. m., ocupando el borde de una suave elevación del terreno situada al sureste del pequeño robledal que actualmente domina el valle donde se localizan también los dólmenes de Pradocastaño y El Matón. Desde esta posición mantiene una estrecha relación visual con ambos monumentos, configurando junto a ellos un paisaje funerario de notable densidad y complejidad.
El emplazamiento elegido para su construcción presenta unas características geomorfológicas similares a las observadas en otros monumentos del entorno. El sustrato geológico está formado por materiales de pizarra y areniscas muy alteradas, sometidas a intensos procesos de erosión y meteorización. Se trata de un territorio tradicionalmente vinculado al aprovechamiento agropecuario, con amplias superficies destinadas al pastoreo y una notable disponibilidad de recursos hídricos proporcionados por pequeños arroyos estacionales y paleocauces que articulan el paisaje circundante.

El monumento presenta unas dimensiones aproximadas de quince metros de longitud por doce metros de anchura, configurando un túmulo de tamaño medio dentro del contexto megalítico regional. Aunque las investigaciones arqueológicas continúan en desarrollo y muchos aspectos de su arquitectura permanecen aún pendientes de clarificación, los datos disponibles permiten plantear que pudo tratarse de un dolmen de corredor corto. No obstante, tampoco puede descartarse que nos encontremos ante una estructura de cámara simple, hipótesis que deberá ser contrastada mediante futuras intervenciones arqueológicas.
Al igual que ocurre en el cercano dolmen de Pradocastaño, el túmulo fue construido fundamentalmente mediante la acumulación de tierras a las que posteriormente se añadió una capa superficial compuesta por materiales pétreos procedentes del paleocauce próximo. Esta solución constructiva evidencia un cuidadoso aprovechamiento de los recursos disponibles en el entorno inmediato y una planificación consciente de la monumentalización del espacio funerario. La utilización de materiales extraídos del cauce no sólo aportaría estabilidad estructural al túmulo, sino que contribuiría a reforzar su visibilidad en el paisaje, convirtiéndolo en un elemento destacado dentro del conjunto de la necrópolis.
Uno de los aspectos más singulares del dolmen de La Majadilla es el estado de conservación de su arquitectura interna. Tras tres campañas de excavación arqueológica se ha constatado una notable ausencia de ortostatos en posición original. Hasta el momento únicamente han podido identificarse tres grandes elementos pétreos desplazados respecto a su ubicación primitiva, sin que se hayan conservado en pie los elementos que configuraban la cámara o el corredor. Esta circunstancia plantea interesantes interrogantes acerca de los procesos de transformación sufridos por el monumento a lo largo del tiempo.
Las evidencias arqueológicas sugieren que la estructura experimentó una importante remoción en algún momento posterior a su construcción. La localización de zanjas de cimentación correspondientes a los ortostatos desaparecidos demuestra que el monumento poseyó originalmente una arquitectura megalítica plenamente desarrollada. Sin embargo, la extracción o desplazamiento sistemático de estos elementos pétreos apunta a una intervención de considerable intensidad que alteró profundamente la configuración original del sepulcro. Aunque la cronología exacta de este proceso permanece aún por determinar, los datos actualmente disponibles permiten plantear la posibilidad de que esta transformación tuviera lugar durante la Edad del Bronce, momento en el que numerosos monumentos megalíticos del occidente peninsular experimentaron procesos de reutilización, remodelación o expolio.
Las excavaciones han permitido además documentar importantes alteraciones en la zona correspondiente al corredor, donde se han identificado acumulaciones de lajas y materiales pétreos que parecen proceder tanto del propio túmulo como del paleocauce cercano. Estas evidencias sugieren que, tras la destrucción o desmontaje parcial de la estructura original, determinados sectores pudieron ser reorganizados o reconstruidos mediante el empleo de materiales reaprovechados, configurando una nueva realidad arquitectónica cuya funcionalidad aún está siendo objeto de estudio.
Por lo que respecta a los materiales arqueológicos recuperados, los resultados obtenidos hasta el momento permiten plantear una cronología temprana para la fundación del monumento, posiblemente anterior a la generalización de determinados repertorios cerámicos característicos del Calcolítico regional.
A pesar de que las investigaciones continúan abiertas y numerosas cuestiones permanecen aún sin resolver, el dolmen de La Majadilla se perfila como uno de los monumentos más prometedores para comprender los orígenes del megalitismo en el norte de Extremadura. Su posible adscripción a fases tempranas del fenómeno megalítico, unida a las profundas transformaciones que experimentó a lo largo de su historia, convierten este enclave en un laboratorio excepcional para estudiar tanto los procesos de construcción de los primeros monumentos funerarios como las complejas dinámicas de reutilización y resignificación que afectaron a estos espacios durante la Prehistoria reciente.